Ir al contenido

¿Por qué sé lo que tengo que hacer pero no lo hago?

Lo sabes. Lo sabes muy bien. Y sin embargo no lo haces. Quizá el punto no es lo que sabes. Es lo que ocurre dentro de ti en el momento en que deberías hacerlo.

¿Qué ocurre entre saber y hacer?

Esa llamada que tienes que hacer.

Ese correo que lleva días esperando.

Ese entrenamiento que retomas el lunes.

Sabes por qué es importante. Sabes también cómo hacerlo.

Luego llega el momento.

Y encuentras un motivo estupendo para dejarlo un poco más adelante.

Por la noche, quizá, te dices:

«Lo sabía.»

Saber algo y hacerlo no ocurren necesariamente en el mismo momento.

Sabes cuando estás tranquilo, cuando lo piensas con la cabeza fría.

Pero tienes que actuar cuando estás cansado, distraído, quizá en medio de un día lleno de compromisos.

Y justo entonces puede ocurrir algo interesante: lo que sabías perfectamente, un momento antes, parece que ya no está disponible.

No has olvidado qué hacer.

No has perdido necesariamente la capacidad de hacerlo.

Ha cambiado el estado en que te encuentras en el momento de actuar.

Y entonces te pregunto:

¿En qué momento has decidido de verdad no hacerlo?

¿Por qué no basta con saber qué hacer?

Comprender algo no significa todavía saber utilizarlo.

Entre el conocimiento y la competencia hay un recorrido hecho de experiencia, aplicación y entrenamiento.

Las cuatro fases del aprendizaje describen justamente el paso de lo que todavía no sabes hacer a lo que se vuelve progresivamente disponible, hasta poder ejecutarlo sin tener que pensar en ello continuamente.

Pero hay una distinción más.

Puedes incluso poseer ya una competencia y no lograr utilizarla en una situación determinada.

Sabes cómo afrontar esa conversación.

Ya lo has hecho otras veces.

Y sin embargo hoy lo aplazas.

Entonces la pregunta cambia.

Ya no solo:

«¿Sé cómo se hace?»

Sino:

«¿Qué ocurre en el momento en que debería utilizar lo que sé?»

Porque aprender una competencia y lograr acceder a ella cuando hace falta son dos pasos distintos.

¿Cuántas veces has entendido algo perfectamente?

¿Y cuántas veces has logrado ponerlo en práctica justo cuando lo necesitabas?

¿Quién decide cuando llega el momento de actuar?

En el libro utilizo a menudo una imagen: la metáfora del carruaje.

Es una representación simbólica de la persona, no una descripción científica.

El carruaje es el cuerpo.

Los caballos son las emociones.

El cochero, con las riendas en la mano, representa la mente.

El cochero conoce el camino.

Sabe adónde quiere ir.

Pero si está distraído, o si los caballos tiran hacia otro lado, el carruaje podría no seguir el recorrido previsto.

No te falta el mapa. A veces el cochero conoce el camino, pero no está guiando a los caballos.

Y ahí está el punto.

Puedes saber perfectamente adónde quieres llegar y encontrarte, sin embargo, recorriendo el camino de siempre.

Porque tu comportamiento no depende solo de la información que posees.

También cuenta el estado en que te encuentras mientras tienes que utilizarla.

Y no es solo el resultado lo que influye en cómo te sientes.

A menudo es el estado en que te encuentras lo que contribuye a orientar lo que haces y, por tanto, el resultado que obtienes.

¿En qué estado te encuentras, normalmente, cuando aplazas?

¿Qué te dices un instante antes de aplazar?

Hay a menudo una frase.

Breve.

Familiar.

«Lo hago después.»

«Ahora no estoy de humor.»

«Total, no cambia nada.»

Tan familiar que podrías no darte cuenta siquiera de haberla pronunciado dentro de ti.

Detente un instante.

Mientras lees estas palabras, prueba a escuchar lo que ocurre.

Quizá una parte de ti comenta.

Quizá está de acuerdo.

Quizá ya está buscando una objeción.

Tú no eres esa voz. Eres también quien puede aprender a escucharla.

Y hay otro elemento interesante.

No cuenta solo qué te dices.

Cuenta también cómo te lo dices.

La misma frase, pronunciada interiormente con un tono severo o tranquilo, puede producir una experiencia distinta.

El volumen, el ritmo, la distancia y las características de la voz interna se convierten en elementos que observar.

Hablo de ello en la página dedicada al diálogo interno.

Pero por ahora te dejo una pregunta.

¿Con qué tono te hablas cuando decides no hacerlo?

¿Por qué se repite siempre la misma elección?

Imagina que tienes que hacer una llamada que no tienes ganas de afrontar.

Piensas en ella.

Notas cierta tensión.

Luego te dices:

«La hago mañana.»

Y, de repente, esa tensión disminuye.

Por el momento ya no tienes que afrontarla.

Has obtenido un resultado: alivio inmediato.

La próxima vez puede repetirse el mismo recorrido.

Situación.

Malestar.

Aplazamiento.

Alivio.

Al repetir esta secuencia, el comportamiento puede reforzarse, haciendo cada vez más probable que lo utilices de nuevo.

Experiencia. Huella. Esquema. Automatismo.

Y lentamente algo puede cambiar también en el lenguaje que utilizas para describirte.

«Lo aplazo» se convierte en «Soy así».

Luego llegan las etiquetas.

Perezoso.

Desganado.

Inconstante.

Pero ¿estamos seguros de que esas palabras describen lo que realmente está ocurriendo?

No siempre es pereza.

A veces es una estrategia aprendida que sigue produciendo una ventaja inmediata, incluso cuando obstaculiza un objetivo más importante.

Existen además atajos de decisión, como los descritos en la página sobre las heurísticas.

Entre ellos, la tendencia a mantener la situación actual puede contribuir a hacer más difícil iniciar un cambio.

Y así sigues observando el resultado:

«No lo he hecho.»

Sin ver el proceso que te ha llevado a aplazarlo.

Las personas ven los efectos. Pocas ven la estructura que los genera.

Ahora considera tu último aplazamiento.

¿Qué te ha permitido obtener, justo en ese momento, ese «lo hago mañana»?

¿Qué puedes cambiar, entonces?

Entre lo que ocurre y tu respuesta puede haber un espacio.

A veces es tan breve que no lo reconoces.

Pero es justo ahí donde puedes empezar a introducir una posibilidad distinta.

No necesariamente mediante un esfuerzo mayor.

Ni tampoco convenciéndote, por enésima vez, de que tienes que tener más fuerza de voluntad.

Puedes empezar observando el estado en que te encuentras.

La postura.

La respiración.

El movimiento.

El modo en que orientas la atención.

Son elementos que pueden influir en tu experiencia y en la disposición a actuar. Los profundizo en la página sobre fisiología y estado de ánimo.

Luego puedes intervenir en el lenguaje.

Cuando sientas esa voz decirte:

«No puedo.»

Prueba a preguntarte:

«¿Qué me hace decir que no puedo lograrlo?»

Y luego:

«¿Qué me haría falta para lograrlo?»

Observa qué ocurre.

La primera pregunta te invita a examinar lo que estás dando por cierto.

La segunda desplaza la atención hacia los recursos y las condiciones necesarias.

Pero aún falta un paso.

El que transforma la nueva posibilidad en un comportamiento.

¿Cuál es la acción más pequeña que puedes realizar ahora?

No mañana.

No cuando por fin estés del humor adecuado.

Ahora.

Porque el punto no es saber más.

Es poder elegir de otra manera en el momento en que lo que sabes debe convertirse en acción.

Si esta dificultad es persistente, provoca un sufrimiento significativo o compromete tu vida cotidiana, puede ser útil profundizar en sus causas con un profesional cualificado.

Un pequeño ejercicio

No te propongo hacer una larga lista de objetivos.

Ni prometerte que a partir de mañana cambiará todo.

Te propongo observar un solo momento.

Aquel en que sabes qué te gustaría hacer y estás a punto de aplazarlo.

  1. Reconoce el momento. Cuando aparece el primer impulso de posponer, detente un instante. ¿Qué acaba de ocurrir?
  1. Escucha la frase. ¿Qué palabras estás utilizando? «Lo hago después», «No tengo tiempo», «No puedo». Recupera la frase exacta, sin corregirla.
  1. Observa el cuerpo. ¿Cómo está la postura? ¿Cómo estás respirando? ¿Dónde está tu atención?
  1. Cambia un elemento. Levántate, si estás sentado. Endereza la espalda. Modifica la posición o ralentiza por un momento la respiración, si te encuentras cómodo. Nota qué cambia.
  1. Hazte una pregunta que abra. «¿Cuál es el siguiente paso útil que puedo dar ahora?»
  1. Da ese paso. No todo el trabajo. Solo la primera acción concreta. Abre el correo. Marca el número. Ponte las zapatillas para entrenar.

Luego detente de nuevo.

¿Qué has notado?

¿Ha cambiado algo en la frase que te decías?

¿En tu estado?

¿En el modo en que representabas la tarea?

¿O en la disposición a empezar?

No es necesario que todo funcione de inmediato.

Si has vuelto a aplazar, puedes observar el momento en que ocurrió.

Si has dado el primer paso, puedes reconocer qué condiciones te ayudaron a hacerlo.

En ambos casos has recogido información sobre tu estrategia.

Y la próxima vez podrás utilizarla.

Porque saber qué hacer es importante. Pero aprender a reconocer el momento en que eliges hacerlo puede marcar la diferencia.

Para ir más a fondo

Has visto que la distancia entre saber y hacer no depende solo de la información que posees.

Entran en juego el estado interno, el diálogo que mantienes contigo mismo y los automatismos que pueden activarse justo en el momento en que tienes que actuar.

Y has experimentado un paso fundamental: reconocer una respuesta habitual, introducir una posibilidad distinta y transformarla en una primera acción concreta.

En la la Edición Premium de PNL Estratégica – El Filo Invisible encuentras el capítulo «Saber no basta», dedicado al paso del conocimiento a la competencia.

Profundizo además en las técnicas para trabajar el diálogo interno y la posibilidad de intervenir en el espacio entre estímulo y respuesta.

Puedes empezar justo por la frase que has reconocido durante el ejercicio.

La que quizá te dices desde hace mucho tiempo, sin haberla observado nunca de verdad.

Para profundizar:

Para profundizar

Para un mapa más amplio de lecturas sobre los temas de este sitio, desde los orígenes de la PNL hasta las decisiones y las emociones.

Ir a Para profundizar